Tinta de esfero

Una vez que los niños empiezan a formar su visión de mundo se ven obligados a responder la misma pregunta. Algunas veces es uno de sus tutores en el colegio quien la formula, algunas otras veces algún adulto de su familia. El remitente puede variar pero la inefable pregunta siempre es la misma: ¿Qué quieres ser cuando seas grande?

En lo personal, nunca he entendido cuál es la lógica detrás de esa pregunta. No es como que a los cinco años uno tenga muchos referentes del mundo real como para poder responderla con conocimiento de causa. Nuestra percepción de la realidad es transmitida por nuestros padres, abuelos, a veces por nuestros tios o por los adultos que nos cuidan en el colegio. Pero sobre todo, por la televisión.

A mi me tocó responder la ineludible incógnita a principios de los noventa. En esa época, el control parental frente a lo que los niños podían ver en la televisión era cercano a cero. Durante esa época, además, Colombia atravesaba una de las crisis de seguridad y violencia más despiadadas de las últimas décadas, y mira que Colombia ha estado en guerra desde que la nación es nación. Las imágenes atroces de la guerra circulaban diariamente por los medios de comunicación y el villano estaba bien definido. También existia una propaganda de apoyo hacia las fuerzas armadas y el ejercicio militar constante.

A mi, como a cualquier niño impresionable de mi época, me fascinaban las historias de guerra: Rambo, Texas Ranger, Cobra, El Renegado, Los Magníficos, y en general cualquier película con Stallone o Arnold. (si, el de Terminator, por evidentes razones no voy a atreverme a escribir su apellido, y por respeto a usted, estimado lector, no voy a recurrir al infalible Ctrl+C / Ctrl+V)

Aunque mi mente infantil comprendía que esos escenarios eran ficticios y planificados para mostrar en TV, si había algo que en ese momento escapaba a mi comprensión. Yo no sabía que estos personajes podrían tener cualquier tipo de profesión que, para efectos narrativos de la historioa, nunca era relevante. Rambo bien podría haber sido odontólogo, pero eso a nadie le importaba.

Por supuesto a mi Yo de principios de los noventa con mi escasa percepción del mundo real le importaba menos. Lo único que sabía es que estos personajes eran expertos en el arte de la guerra. Profesionales, por así decirlo.

También sabía que el que hace zapatos se le llama zapatero, el que maneja bus se le llama busetero, y el que tiene tienda es un tendero. Por lógica deducción linguística cuando alguien me preguntaba que yo qué queria ser cuando grande, con la mayor naturalidad del mundo respondía cada vez: Guerrillero.

Obviamente yo no tenía ni idea de qué carajos significaba, ni entendía todo el estígma que existía (existe) en Colombia al rededor de la palabra.

Para mi un guerrillero era un profesional de la guerra, que derrotaba a los malos y salvaba a los buenos. Yo sabía que Colombia necesitaba un heroe  y yo quería ser eso. Al menos a mi tierna edad de cinco.

Fué mi papá el que un día, con el poco tacto que lo caracteriza me hizo caer en cuenta de la magnitud de mi error.

-¡Es que para usted todo es bala, y muertos y PUM!- me dijo con tono de reprimenda un día mientras yo jugaba con mis figuras de plástico, tirado en el piso y utilizando mi cama como escenario de batalla.

-¡¿Es que usted no entiende lo malo que es querer resolver todo a bala?! - Obvio yo no entendía.

-¡Salga mejor a jugar al parque con sus primos! - y me agarró del brazo, y de un empujón y en medio de ojos llorozos, me sacó de la casa.

Tranquilo querido lector que no me tiró a la calle, ni más faltaba. Yo tuve la gran fortuna de crecer en conjunto cerrado, de esos que en las áreas comunes tienen un parque con  cancha de microfútbol y básquetbol. Si las lineas anteriores hicieron que se preocupase por mi bienestar infantil. Le cuento que estoy bien.

...

Aprovechando que hablamos de mis primos y del parque y tal. Le cuento que tuve la oportunidad de crecer en el mismo conjunto con dos de los tres hermanos de mi papá y sus respectivas familias.

En total éramos siete primos, incluyento a mi hermana menor y a su servidor, y para mi siempre fue dificil encontrar un lugar propio dentro del variopinto grupo. De plano porque el rango de edades entre el menor y el mayor es de quince años o algo así, y yo caí justo en la mitad. O tal vez por el hecho de que la actividad predilecta de la clase media trabajadora en Colombia ha sido, es y será siempre el Fútbol; y a mi el fútbol nunca me gustó porque no soy bueno. O no soy bueno porque núnca me gustó. Todavía no me decido al respecto.

Puede ser eso, o puede ser porque yo siempre disfruté mucho más de las batallas cinematográficas que tenían por escenario el campo de batalla sobre mi cama, mientras yo estaba sentado en el suelo y daba a mis juguetes voces, personalidades y, sobre todo, propósitos nobles.

Me perdía por horas en mi ejercicio creativo. Obvio yo era el raro del grupo. ¿Qué niño con acceso a un parque y seis primos va a preferir estar adentro, encerrado y solo, en lugar de afuera, jugando y embarrandose?

La respuesta es que a muchos. ¡Muchísimos!. Pero en mi caso particular, era sólo yo. Y la verdad, no me importaba. Con el paso del tiempo descubrí que lo que en realidad me gustaba no era la guerra en si. Porque en efecto, descubrí que mi papá tenía razón (así careciera de tacto) y que la guerra es un acto atroz que solo deja tristeza y destrucción a su paso.

Lo que a mi me gustaba, o más bien me gusta, es la narración. Poder construir escenarios ficticios y contar historias sin consecuencias que afecten el mundo real, pero tan detalladas y vivas que se puedan sentir en la carne.

Por eso me gusta tanto la animación y los videojuegos. Porque las historias allí contadas no están limitadas por la sosa realidad. Al tiempo que descubrí el ánime, los videojuegos y las historias de super heroes, también empecé a leer. Por obligación, obviamente, porque era tarea del colegio.

El primer libro del que tengo memoria es Zoro, de Jairo Anibal Niño. Y cuenta la historia de un niño que vivía en la selva, o que se había perdido en la selva, o algo así. Treinta años después no recuerdo bien de qué va. Tal vez vuelva a leerlo, sólo por la nostalgia de la primera vez, y les cuento.

De lo que si me acuerdo es que me impresionó mucho. Porque las letras de la hoja pintaron escenarios, personajes y situaciones dentro de mi cabeza de una manera que yo hasta entonces creía posible solo a través de los videojuegos y la televisión.

Luego conocí los viajes de Gulliver y a Robinson Crusoe. Me perdí en los cuentos de la selva de Horacio Quiroga, las aventuras narradas por Sir Arthur Connan Doyle y los fantásticos viajes de Verne. Y me dejé seducir, y yo mismo empecé a escribir cuando estaba un poco más grande, ya como de doce, o algo así.

Recuerdo que escribía cartas de amor que le vendía por monedas a mis compañeros del salón para que se las dieran a las niñas que les gustaban. Las escribía en papel pergamino y les quemaba los bordes para darles aspecto de papiro de cuento de fantasía.

-¿Qué esta haciendo mijo?- me preguntaba mi abuela cada vez que me encontraba poniendo el borde del papel en la estufa prendida.

-Tareas- respondía yo por instinto, por el miedo a que me juzgara si le contaba lo que de verdad estaba haciendo. Aunque ella núnca me juzgó por nada, nisiquiera cuando lo merecía.

-Ah bueno. Tenga cuidado no se vaya a quemar. Y abra una ventana que ya está oliendo mucho.-

Para esa misma época empecé a participar en cuanto concurso y actividad literaria encontraba. A veces ganaba algo, casi siempre nada.

Y me empecé a ilusionar. Quería ser escritor, como los de los libros que me gustaban. Pero en el mundo adulto que me rodeaba no había escritores, ni se leía mucho. Sólo había empleados bancarios, y oficinistas, y profesores, y secretarias, y gente normal.

¿Cómo se hace para ser escritor? ¿Qué hay que estudiar? ¿A qué universidad se va si uno quiere ser como Gabo o como Rulfo?

El problema de mi naturaleza introvertida es que núnca compartí esta ilusión con nadie en mi casa. De hecho existe la posibilidad de que mi familia se entere a la vez que usted, querido lector, si es que llegan a leer esta entrada.

A lo mejor si le hubiera dicho a mi mamá o a mi papá que quería ser escritor, me hubieran podido ayudar a involucrarme más en el ejercicio. Para mi mamá y mi abuela, que eran mis adultos nucleares en esa época, yo participaba en los concursos de cuentos porque ponían a escribir a todo el salón y entre todos me escogían a mi. Le cuento que, a riesgo de sonar arrogante, de pequeño fuí muy buen alumno; y con frecuencia me escogían para participar en cosas y representar a mi salón. Entre otros, participé en olimpiadas matemáticas, concursos de deletreo, y cuanta obra de teatro preparaban en mi curso, siempre y cuando me sirviera de pretexto para salir de clase. Pero eso es material para otra historia.

Así siguió pasando el tiempo. Y en algún punto dejé de escribir. Seguramente porque llegó la pubertad y la explosión hormonal hizo que empezara a interesarme en las niñas, y gracias a mi hermana que también empezó a salir con más frecuencia entonces, me vi forzado a socializar, y al fin empecé a encajar y a disfrutar de la compañía de mis primos y de la gente de mi edad, y adquirí otros intereses más sociales. Más "normales".

Y empecé a experimentar el rechazo y el fracaso, y cuando entré a la universidad ya no era el mejor, ni sobresalía en nada, y me convencí de que, a lo mejor, lo que yo escribía no era tan bueno, ni digno de ser leído, y me alejé del ejercicio escritor. Al menos por un tiempo.

Y en eso, empecé a trabajar. Y los Call Centres y las tiendas de ropa y electrodomésticos en donde pasaba las horas productivas de mi recién adquirida vida adulta no son los lugares más inspiradores del mundo, sino más bien lo contrario. Al día de hoy sigo convencido de que el trabajo en Call Centre se lo inventaron para robar las ilusiones y la energía vital de una generación entera de creativos. Pero eso es material para otra historia.

También descubrí otras pasiones. Ya hacia los dosmiles me convencí de que quería vivir de la música. Y por un tiempo lo logré. Movido por la pasión y respaldado por lo que internet me enseñó en su momento, ejercí como profesor de música dos veces a la semana por casi seis años de mi vida. También tocaba en bares y tiendas y bazares, con Dieguito casi siempre, y a quien le tengo una deuda de gratitud enorme por mantenerme consecuente al arte durante esta parte de mi historia. Y fuí muy feliz, hasta que las circustancias de la vida laboral adulta en un país del tercer mundo y como parte de un circulo social clase media trabajadora me obligaron a buscar el confort de un sueldo fijo y, en consecuencia, enterrar el sueño de vivir del arte, una vez más.

Y luego, por allá en el 2011, empecé este Blog. Y en retrospectiva me alegra mucho nunca haberlo eliminado. Por fín hay registro de mis coqueteos con la escritura. Trece años tiene este Blog, y si acaso una entrada al año en promedio. Pero sirve de testamento de esta aventura. Fueron muchísimos los cuadernos que se perdieron por el camino, historias que no fueron leídas, y cartas que no fueron entregadas. 

Ojalá existiera un registro de todo eso. Hubiera sido muy divertido, a la par que incómodo, tener la posibilidad de comparar la evolución en cada etapa de mi camino.

Hoy me atrevo a saltar del anaquel (osea a salir del closet de los escritores) motivado por una conversación reciente que tuve con una persona a quien quiero y admiro mucho, y con quién he tenido una relación epistolar por al menos ocho años. Bueno pues epistolar en el sentido moderno del término, oseas por Whatsapp. Nos separa un océano, pero nos une la pasión por las letras. A mí la pasión de producirlas, y a esta persona la pasión por consumirlas.

En esa conversación de apenas hace un par de días, le confesé que siempre me había hecho ilusión ser escritor. Pero que nunca me atreví a perseguir el sueño porque para mi los escritores son Personas super cultas y educadas que pueden abarcar la magnitud del mundo entero dentro de su mente y estudian en universidades prestigiosísimas, y tienen apellidos rimbobmabtes. O por el contralio, son individuos atormentados por demonios intangibles que acechan cada rincon de su mente y pasan la vida entera tratando de escapar y escriben para deahogarse de su tormento infinito. Y pues yo no me identifico ni con lo uno, ni con lo otro.

Le dije también que recientemente caí en la cuenta de que si (pese a lo evidente) Daniel Samper Jr es un reconocido escritor en Colombia y que si cada influenciador de redes sociales y miembro de la farandula criolla es autor de un libro, así hayand confesado sin el menor dejo de verguenza en la cara núnca haber leído su propia obra. Pues a lo mejor yo también puedo, por fin, animarme a identificarme como escritor. Hoy que identificarse como individuo está de moda.

Me confesó que, a pesar de su amor por los libros, núnca anheló escribir. A lo mejor porque también percibe el ejercicio de escritor como un arte tan increible que núnca se permitió siquiera contemplarlo. Pero que en cambio la critica literaria y la edición le son mucho más atractivas.

También me aterrizó en el hecho de que la globalización y la immediatés del mundo moderno puede que hayan hecho que se perdiera un poco el respeto por el ejercicio artístico, y en consecuencia su calidad, que a la larga es subjetiva.

Además me dijo algo bellísimo, que es tal vez lo que me obliga a volcarme hoy en estas lineas, y es que concuerda con José Saramago... supongo que es Saramago. Me dijo José y, que yo sepa, Saramago es el único José que tenemos en común.

En fin, me dijo que concuerda con él cuando dice que debe haber escritores normales en el mundo, porque las grandes obras son pocas, pero igual todas las historias merecen ser compartidas.

Por eso hoy, pese a todo y después de todo, vuelvo a escribir y me vuelvo a exponer ante usted, querido lector. Porque para ser escritor basta con escribir. Todo lo demás es accesorio.

Los juicios de valor sobre lo que se escribe no conciernen al quien escribe. De darles valor se encarga aquel que se tome la molestia y el tiempo de leer lo que está escrito. Y al final, para gustos los colores.

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