Dr Martens
La arrogancia de mis años más jovenes propició que germinaran en mí un sin fin de juicios de valor que durante múcho tiempo defendí redicalmente y de los que hoy no me siento ya tan seguro.
Que la autoayuda es una estafa inventada por vendedores de humo que trafican con soluciones obvias para problemas insignificantes que agobian a personas incompetentes que no saben regularse eficazmente.
Que el lenguaje inclusivo es una tontería disfrazada de causa justa que se inventaron un montón de niños ricos en su afán de rebeldía, eso si, sin sacrificar su privilegio.
Que las religiones son un lavadero de cabeza cuyo propósito es adoctrinar a las personas para que apoyen sin cuestionar su estrecha visión del mundo, haciendo la vista gorda a los problemas de desigualdad que agobian a la sociedad realmente, y dirigiendo sus esfuerzos al exterminio implacable de todo aquel que piense o sea diferente.
¡Hombre pues si! He de aceptar que todavía lo creo un poquito.
Sin embargo las opiniones, al igual que los zapatos, con el tiempo van aflojando. ¡Y menos mal!
Porque imaginense estar condenados a permanecer en un estado completamente rígido, sin posibilidad de moldearse a las circustancias, limitando las oportunidades de expansión y desaprovechando todo el rango de movimiento del que somos capaces. ¡Debe ser una tortura!
Como esas malditas botas Dr Martens que vi un día en una vitrina y, como casi era mi cumpleaños, decidí comprar porque estaban divinas. Y voy y me las pongo inmediatamente, y camino dos cuadras, y me toca quitarmelas porque son re tiesas y ¡qué malparidas tan incómodas, no joda!
Hoy gracias a que mi perspectiva (igual que las benditas botas) se ha ido holgando con los años he podido caminar más lejos y disfrutar mucho más del viaje. Mi visión de mundo me incomoda menos. Casi, casi, al punto de rayar en optimismo en los días buenos.
Todavía me generan nauseas las historias de pederastia, xenofobia y corrupción de la iglesia. ¡Ni más faltaba! Me molesta intensamente que haya tanto hijo de puta posando de gran profeta mientras manosean muchachitos en orgias junto a sus compañeros de clero y luego pretendan fungir de compás moral del pueblo que, se supone, representan. El día en que el Dalai Lama besó a ese pobre niño en la boca sentí una rabia tan grande que casi rompo mi teléfono. Y eso me alegra.
No el beso ¡cómo se le ocurre! no soy un degenerado. Al menos no ese tipo de degenerado. En retrospectiva me alegra la reacción de ira y asco que me produjo el desdichado video, porque sirve de testamento de que aún me importan ese tipo de cosas, y de que el mundo, con todos sus brillos y estímulos extremos, no me ha robado aún la sensibilidad al punto de no haber sentido nada.
Pero volvamos a los zapatos. Además de seguir rechazando los abusos de autoridad y las perversiones de las que hacen gala los mal llamados "lideres espirituales". Hoy, después de al menos veinte años desde que decidí alejarme de la iglesia, tengo que reconocer que el aporte de las iglesias dentro de la comunidad es de vital importancia. No como institución, sino como pretexto para compartir con el otro.
Porque además descubrí que la vida adulta es una cacería constante de pretextos para todo. Se nos pasa la vida buscando pretextos para reunirnos con amigos, empezar la dieta, hacer más ejercicios. Porque solamente saber que eso que quieres te va a hacer bien no es suficiente. Es necesaria una chispa que encienda el combustible que es nuestra desgastada motivación.
Porque a veces los Jorge Duque Linares, los Jokoi Kenji y los Curas Lineros también son necesarios pese a que su discurso, martillado y repetitivo, ya haya perdido el sentido. Porque a veces la monotonía de la vida adulta, sumada a la sobre-estimulación de los medios y las indulgencias de nuestros propios vicios hacen que las soluciones casi siempre obvias para nuestros problemas cotidianos se hagan invisibles. Porque en las circustancias adecuadas hasta las ayudas más pendejas aportan.
Porque decir todes nosotres puede sonar patético y antinatural para muchos puristas del lenguaje. Y ciertamente es ilusorio pretender que el problema de inclusión se va a resolver solamente con cambiar una vocal al final de algunas palabras. Y claro que la propuesta es ridícula, pero pone sobre la mesa una discusión más profunda que tiene que ver con los juicios de valor que nuestra sociedad le ha dado al genero, que es un constructo social al fin y al cabo, y que ha marginalizado a comunidades enteras e individuos aislados que por no coincidir con el molde son relegados a parias.
Por eso es que me gustan los zapatos viejos. Porque son evidencia de cada paso que se ha dado y cada tropiezo en el camino recorrido y se han adaptado a las condiciones del viaje y han cambiado de forma para dar espacio a juanetes y dedos torcidos y porque son muy cómodos hasta cuando dejan de serlo. Y hay que cambiarlos, y volver a empezar.

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